Recordando a Elenita

Hoy se recuerda un aniversario más del nacimiento de una de las mujeres más importantes para mi familia: Elena Ossio vda. de Almaraz.

Como en tantos casos de la historia oficial, paradójicamente masculina, la nuestra ha invisibilizado los logros personales de esta gran mujer, y la recuerda solamente como la viuda de Sergio Almaraz. Y, si bien desde la muerte de su esposo ella decidió sobrellevar el dolor de su ausencia en su nombre, como un homenaje de lealtad y amor eternos, no dejó por ello de ser y de construir su propia historia.

No voy a referirme a su militancia política, que fue el lugar de encuentro con quien sería su compañero de vida, ni a sus convicciones, creencias ni decepciones, que la acompañaron hasta su muerte; esa historia deberán contarla sus hijos. Quiero más bien hablar de la profesora Elenita, la que tocó cientos de almas y sembró ahora lo veo con claridad— los fundamentos que ahora guían mi vida profesional.

Elenita era profesora del ciclo Básico del Instituto Eduardo Laredo; más aún, era la amiga, confidente, tutora y defensora de “causas y casos perdidos”. Seguidora de la pedagogía de Freire, a nuestros nueve años, nos inculcó la importancia del uso de la palabra, no solo para expresar nuestras ideas, sino para defendernos, para contestar, para dialogar y amar.

A pesar de que en esos años reinaban los métodos de enseñanza prescriptivistas, concentrados en la enseñanza de la lengua como estructura, poseía una intuición que no tenía nada que envidiar a las teorías de Ausubel,  de Cassany o de cualquier otro intelectual que haya profundizado en los enfoques comunicativos y pragmáticos. Bajo el principio de que escribir se aprende escribiendo, su asignatura tenía como proyecto central la redacción de un diario, en el que debíamos plasmar no solo lo que hacíamos cada día, sino todo lo que nos pareciera importante: una especie de autoevaluación y análisis del mundo, a nuestra manera y dentro de nuestras posibilidades.

Cada día revisaba las páginas que en un inicio llenábamos “para cumplir”, pero que, con el tiempo, se convirtieron en un espacio de expresión plena y autoconocimiento. En consecuencia, ella llegó a conocernos como pocos, e, inevitablemente, a involucrarse en nuestras vidas; según sus hijos, una tendencia irremediable de su personalidad.

Si bien la función comunicativa de la lengua tenía un lugar preferencial en nuestras prácticas, la prolijidad de los textos era otra de sus preocupaciones. Y, nuevamente, más guiada por sus intuiciones que por manuales o teorías que ni se conocían en nuestro medio, entendió que las reglas ortográficas eran pesadas y resistidas, así que, en lugar de obligarnos a aprenderlas sin mayor sentido, planificaba concursos, en los que la motivación le ganaba a la memorización tediosa. Sin buscarlo, consolidamos una serie de reglas que hasta el día de hoy recuerdo, con la simplicidad de la enseñanza que se le da a un niño.

Qué exlaredista de esos años no recuerda a Elenita, pequeña y delgada, siempre sonriente; quién no recuerda su pequeña camioneta Skoda celeste, colmada de pasajeros ocasionales y habituales, parte ya del paisaje del Laredo. La “miss” Elenita, apelativo que rechazaba por considerarlo alienante, pero que a la vez aceptaba por el cariño que entrañaba, no solo fue una profesora, sino una educadora, en el sentido más amplio de la palabra.

La vida me permitió reencontrarla e incorporarla a mis afectos más entrañables. En esta nueva etapa, también dejó su sello personal. Para empezar, reivindicó la tan vilipendiada palabra “suegra”.  Jamás pretendió evaluar ni censurar; solo le importó compartir y amar. Fiel a sus convicciones, si el caso se daba, más que la madre justificadora era la mujer solidaria, aliada. Disfrutaba de la compañía y de la buena charla; sus temas recurrentes, la política y el futbol, que no agotaba nunca con sus hijos, con los que podía pasar horas y horas conversando e incluso discutiendo.

Una de sus mayores satisfacciones era ver la realización de quienes ayudó a formar. Cada logro de sus exestudiantes la animaba profundamente; recordaba cada nombre, cada historia, cuyo desarrollo seguía con interés. Nunca olvidaré su expresión en la presentación de uno de mis libros; sentada en primera fila, no dejó de mirarme sonriente, con los ojos colmados de alegría y orgullo.

El 2008, con el peso de los años y las ausencias, decidió ir al reencuentro de su esposo, en la misma fecha en la que él falleció; el amor de sus hijos solo retrasó su partida dos días. Y, si bien su muerte aún duele, parafraseando a Mauriac, esta nos la guardó e inmortalizó en nuestros recuerdos.

Este texto pretende refrescar esos recuerdos, y enriquecer los pocos que lamentablemente tuvieron la oportunidad de atesorar sus nietas.

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