Cosechando tempestades

Estudié la instrumentalización del racismo en el gobierno del MAS no para confirmar aquello que era evidente a los ojos de la sociedad, sino para entender los mecanismos discursivos, semántico-cognitivos y lingüísticos de tal estrategia política, desplegada por Evo Morales y Álvaro García Linera durante su larga estadía en el poder. Aunque la crisis del 2019 detonó las diferencias que la gestión del MAS había fertilizado y a la vez contenido, como solo me centré en los discursos de los exmandatarios, quedó como tarea pendiente la necesaria investigación de cómo habrían asimilado esos mensajes las poblaciones destinatarias de esos discursos. Es necesario puntualizar que todo discurso político tiene en mayor o menor medida un carácter performativo, pues no solo describe una visión de la realidad, sino intenta transformarla e influir en las representaciones mentales que construyen los sujetos sobre sí mismos y sobre los otros, incitándolos a actuar. La crisis actual está revelando con crudeza los efectos de esos discursos.

La instrumentalización es el uso deliberado, en este caso del racismo, como una herramienta para lograr un fin político; fue utilizada por el MAS para cohesionar a la población a partir de una identidad étnica supuestamente encarnada en Evo Morales, a fin de consolidar y mantener el poder por encima de las restricciones constitucionales. Esa instrumentalización no fue un hecho fortuito, respondió a una narrativa elaborada por Álvaro García Linera y reproducida en menor medida por Evo Morales y las diferentes autoridades del MAS durante los actos masivos, organizados con la excusa de entregas de obras.

Con ligeras variaciones, García persistió en su propósito de inocular esta narrativa en adultos, jóvenes e incluso niños: “Otra vez la derecha quiere llevar al encierro colonial de las mujeres. Y para eso están pensando derrotar al presidente Evo. Impedir que el presidente Evo, democráticamente, nuevamente pueda ser elegido por el voto popular. Y lo han dicho ellos. Way, de los campesinos y de las campesinas, una vez que retomen el poder, seguramente van a querer hacer con Evo como hicieron a Tupac Katari y a Bartolina Sisa: arrastrarlos por las calles, descuartizar su cuerpo, martirizar para que no haya hombres ni mujeres del pueblo, hombres ni mujeres del campo, que vuelvan a levantar cabeza para enfrentar a patrones, hacendados, empresarios y a gringos. Quieren vengarse. Los que perdieron el poder, esos privatizadores, esos sanguinarios, quieren vengarse del pueblo. Quieren vengarse de ustedes”. (10.1.2017)

Como se puede observar, García Linera se sirvió de polarización, la profundizó y la llevó a su extremo más tóxico, al definir en la acera del frente a un enemigo implacable al que no solo se debía temer, sino odiar y destruir: blanco, derechista, racista, odiador y vengativo. Fusionó la supuesta adscripción política del MAS con la identidad étnica de indígena, autoidentificación impensable para Evo antes de su llegada al poder. Bajo esa lógica, el indígena campesino originario debía ser exclusivamente de izquierda, militante del MAS y seguidor de Evo Morales; cualquier divergencia o crítica era señal de extravío ideológico, de traición a su sangre y a su historia.

La sinécdoque “Evo pueblo” se convirtió en la estrategia para arropar de impunidad las acciones de su Gobierno, ya que cualquier crítica o denuncia era tergiversada como un ataque racista hacia Evo y, en consecuencia, hacia el pueblo: “Cuando le atacan a Evo, le atacan a usted, porque están insultando la pollera, están insultando el poncho, están insultando el aguayo. Y eso está  soportando nuestro Presidente, eso está soportando, todo por trabajar en favor de los pobres y los humildes, eso es el pago que le están dando los ricos, los que odian Bolivia, los que quisieran que fuéramos todos gringos, cabellos rubios seguramente”. (AGL, 14.3.2018)

Estas constataciones, observadas con mayor o menor análisis, han provocado que se culpe a Evo (y al MAS) por el racismo, sin embargo, si queremos sanar las heridas en nuestro tejido social, debemos abordar con honestidad este asunto. La instrumentalización sí es responsabilidad del MAS; la inoculación premeditada del odio al otro, también; el racismo, no. Este fenómeno es un problema social y estructural, con raíces en la herencia colonial, que operó discretamente en una jerarquía normalizada y naturalizada hasta antes de la llegada del MAS. El racismo es un sistema complejo de dominio fundamentado por un marco cognitivo de ideas conocido como ideología racista. Hasta 1952, el Estado boliviano no reconoció como ciudadanos a las grandes mayorías (indígenas campesinas originarias); incluso hasta el 2006, los casos de altas autoridades y funcionarios de origen indígena en los distintos niveles del aparato estatal eran extraordinarios. Todo ello es una clara expresión del racismo sistémico, y la ideología racista ha justificado esta exclusión a lo largo de la historia.

Desde su fundación, el Estado boliviano ha construido una representación del sujeto indígena que mantiene una impensada continuidad con la de la época colonial. Las categorías denigratorias e inferiorizantes que surgieron durante la Colonia para justificar el sometimiento, la explotación, el despojo territorial y el trato cruel, se reprodujeron y profundizaron en la República a través de textos oficiales. Y es que el indígena campesino originario (utilizo las categorías de la CPE, que son las definidas por los sujetos) siempre fue percibido como una amenaza a la unidad nacional y el “progreso”, que los gobiernos sucesivos quisieron imponer a la fuerza sobre sus territorios y su identidad, incluyendo el MAS, en pleno Estado plurinacional. Solo recordemos la campaña despiadada desplegada para cercar, física y simbólicamente, a la VIII Marcha indígena en defensa del Tipnis. Mientras García arremetía en contra del q’ara racista en concentraciones masivas, Evo imponía la carretera por el Tipnis y firmaba decretos que vulneraban los derechos de comunidades indígenas en beneficio de las élites agroindustriales y los cooperativistas mineros.

El intenso debate ocurrido a inicios del siglo XX sobre si estas mayorías estaban o no capacitadas para votar y elegir sigue resurgiendo en las redes sociales, ¡casi un siglo después! Por otro lado, fue el Estado republicano el que desde su creación decidió clasificar a la población y racializarla, repartiendo más obligaciones a unos y más derechos a otros: blanco, mestizo, indio y negro fueron las cuatro categorías que, con pequeños cambios sucesivos, recién en el Censo de 1976 decidió eliminar. La autoidentificación en el Censo del 2001 permitió que las distintas colectividades se liberen de esa imposición.

Entonces, no es como dicen algunos intelectuales, que las ONG y una supuesta confabulación de la izquierda global sean responsables de etnitizar la política ni que, como sostienen tantos “expertos” en la identidad de otros, los indígenas no existan y que todo es un mito alimentado por el progresismo o el pachamamismo. La identidad es una construcción flexible, dinámica y estratégica, a la que cada comunidad apela legítimamente para cohesionarse y, en nuestra realidad, para interpelar al Estado y a la sociedad que niega sus derechos. El etnónimo o lexía utilizada para definirse es lo de menos; ejemplo de ello es el uso de “mestizo”, que hoy se asocia con lo blanco, pero que en los textos oficiales antes de 1952 definía al “cholo”.

“Ignorante, salvaje, incivilizado, sucio” son solo algunos de los insultos que han deshumanizado la diversidad y la han reducido a rasgos negativos e inmutables. Estas palabras se deslizan, se abren paso por las mentes, activando representaciones construidas y sirviendo de base para construirlas en las generaciones venideras. El hogar, la educación (mediante la voz del maestro y los textos escolares), los medios de comunicación, las iglesias, son todos ámbitos en los que circulan los discursos racistas que son interiorizados como cogniciones profundas, de ahí que el racismo no sea, como dicen los intelectuales del MAS, un defecto exclusivo de “blancos”; es un problema que nos ha permeado a todos, entre los que me incluyo; eso explica las expresiones de los interculturales al referirse a las comunidades del Tipnis como salvajes.

Cualquier hecho de fuerza de unos contra otros, como los bloqueos o los ataques a comunidades o a personas asociadas con cierta identidad, activa esas cogniciones y les da veracidad, generando respuestas que se reducen a la diferencia o a la supuesta naturaleza de los que amenazan la propia estabilidad.

Los políticos tienen mucha responsabilidad por la sostenida confrontación que agobia a nuestra sociedad, pues ellos la operan, la controlan y la manipulan. Evo Morales y Álvaro García Linera tienen mayor responsabilidad aún, pues, como ningún otro gobierno, contaron con las condiciones económicas y políticas, durante tres gestiones consecutivas, para mejorar la vida de todos. Además, tenían un mandato ineludible: implementar el Estado plurinacional, que no es más que un horizonte en el que todos caben con sus diferencias, sus realidades y sus aspiraciones. No solo que no lo hicieron, sino que manipularon la historia, profundizando las diferencias para perpetuarse en el poder.

¿Y cómo se sale de esta polarización profunda? Los políticos, los comités cívicos, los dirigentes de organizaciones sociales y las distintas autoridades deben asumir sus responsabilidades y moderar el tono de sus discursos; es legítimo denunciar, demandar derechos, pero no es aceptable buscar eliminar al otro en ese propósito. Los discursos incendiarios, las descalificaciones, la movilización de emociones como el miedo y el odio, que han reemplazado los proyectos y los argumentos, son más eficaces y reditúan más rápidamente, pero despojan a la política de su objetivo principal. Esa es la otra herencia del MAS. Es momento de exigir propuestas concretas que incluyan un verdadero proyecto de país.

El Gobierno de Paz llegó con una indefinición ideológica que le permitía situarse en un centro concertador; lamentablemente sus primeras decisiones no dieron esas señales. Ahora está obligado a trabajar en ese camino. Sin embargo, cada uno debe asumir su responsabilidad. El racismo, la etnitización de la política, los llamados discursos de odio y de enfrentamiento son temas que todos debemos intentar comprender y afrontar, para empezar en nosotros mismos, desde una mirada (auto)crítica. La lucha por la democracia supone también la lucha por erradicar el racismo. Esa lucha es también una decisión política.

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